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miércoles, 15 de agosto de 2012

Santiago de Cuba y su monumentalidad (VII)



Iglesia de Nuestra Señora del Carmen
Modesta joya de la arquitectura
religiosa de Santiago de Cuba


Como en casi todas las ciudades coloniales fundadas por España en América, las marcas del crecimiento, o expansión, de Santiago de Cuba parecen registradas por el surgimiento de los templos católicos y las plazas que –salvo muy raras excepciones- les acompañaron.
Hablar de esas iglesias, en sus variadas muestras  arquitectónicas, y de los parques o plazas –grandes, medianos o pequeños- que les fueron propios, puede ser un modo de seguir no sólo la puntual evolución monumental de esas preciadas reliquias de nuestra añeja urbe y de las cuotas que, como entidades activas, pudieron haber aportado a la moralidad y el desarrollo espiritual de sus respectivas comarcas, sino, también, una manera concreta de referir los cambios fisonómicos de este ámbito citadino caribeño, que ya frisa el medio milenio de existencia…
Resulta, pues, conjugación casi simétrica la expansión de la ciudad hacia los cuatro puntos cardinales, y la construcción de esas iglesias con sus parquecitos aledaños, como sellos constitutivos de las nuevas barriadas.
Así, en efecto, surgieron las iglesias de Santo Tomás Apóstol, de Nuestra Señora de los Dolores ¿?, de Santa Lucía (todas en el primer cuarto del siglo XVIII), de la Santísima Trinidad, de San Francisco y De los Desamparados, en la centuria siguiente.
Marcando, quizás, la primera expansión hacia el norte de la población, surgió una de las primeras edificaciones religiosas santiaguera: la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, sita sobre la acera oriental de lo que más tarde fue la calle de Santo Tomás, justo en la esquina del callejón al cual da nombre, a menos de 100 metros de la populosa arteria de las Enramadas (hoy José Antonio Saco).
Edificio sobrio, de estilo neoclásico, es una nave rectangular de unas 20 varas de ancho por 50 o 60 de largo, y cuya fachada –oculta como está su pequeña torre-campanario- solo muestra relevantes su imponente portón de madera preciosa, con sencillo pero bello trabajo ebanista de calado y botonería, y la orgullosa tarja que da fe de que, en su interior, yacen los restos mortales de quien fuera el primer gran intérprete y compositor de música culta de Cuba:  el presbítero habanero Esteban Salas Montes de Oca (1725-1803), maestro de música de la catedral de Santiago de Cuba durante los últimos 39 años de su vida.
El alargado y alto muro del costado izquierdo del templo es lo único, junto con el frente de la iglesia, que da vista pública del inmueble. Justo es, tal vez, el punto más interesante de la construcción, donde  se aprecian los ventanales antiguos, y aún conservados, con sus barrotes torneados de madera, así como también –muchas veces expuestos por pérdidas del revestido- los componentes del paredón; es decir: puntos en que se revelan los grandes cantos, algunos como sillarejos, y lo que pudiera ser sistema de verdugada, en algún que otro punto de dicha pared.
No son indicios de poca monta; al contrario, son evidencias de muy antiguos procederes constructivos, los cuales tienden a desmentir a quienes fechan la erección de esta iglesia hacia los años 1760-1762, y dan razón a Carlos Bottino y otros estudiosos de los orígenes de la ciudad, que datan la construcción del templo hacia el último tercio del siglo XVII; a los que asistiría, además, la fundada sospecha del profesor catalán Francisco Prat Puig, el más grande amante de nuestra ciudad y el más importante estudioso de su arquitectura colonial de Santiago de Cuba –por no decir de Cuba-, quien confesó a este autor su creencia de que era muy posible que esta iglesia, reliquia de mi ciudad, se hubiera levantado mucho antes de lo que muchos autores suponían…
LA DEL CARMEN, TAMBIÉN TUVO SU PARQUECITO
A un costado de la iglesia, callejón del Carmen por medio, aledaño a la casa que fuera de la familia Cisneros-Correa (hoy tienda “El Dragón), se alzó, cual la costumbre española mandaba, el parquecito homónimo: una pieza de casi 20 metros de ancho por casi 40 de largo, en el que creció una inmensa Ceiba, cuyas ramas han dado fronda a muchas generaciones de concurrentes.
Hace décadas, el parquecito –que físicamente aún está- no existe como tal, pues su mayor espacio forma actualmente el patio de juegos de los niños del círculo infantil Danilo Lozada, de la ciudad; de modo que de aquella placita son indicativos en el presente, la escalera de acceso, por Santo Tomás, y un muy bien esculpido busto del general de división de Ejército Libertador Rafael Portuondo Tamayo.

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