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sábado, 30 de junio de 2012

“De Labra”, o “Parquecito Serrano”: recodo palpitante de mi ciudad

Santiago de Cuba y su monumentalidad (V)



Sobre una superficie de unos 300 metros cuadrados, poco más o menos; justo en un recodo de la antigua y siempre populosa Calle de las Enramadas (que aún nadie nombra por su designación oficial: José A. Saco), entre las señaladas otrora como Calle de la Carnicería (hoy Pío Rosado) y la de San Bartolomé (Quintín Banderas), con el segmento de fondo del Callejón del Carmen; en fin, en uno de los puntos más céntricos que pudieran señalarse en la ciudad, se halla este animado y sombreado recinto de Santiago de Cuba…
Parquecito  Serrano, Santiago de Cuba.
Concurrido permanentemente, en un ir y venir constante de incontables mortales, invita a llegar, y a sentarse, a cuantos pasan por allí; la inmensa mayoría de los cuales no saben –ni parecen interesarse- en la atrayente memoria de este pequeño ámbito, cuyos orígenes se remontan a unos tres siglos y medio atrás, hacia 1670, durante el último año de ejercicio del diligente gobernador regional Pedro Bayona Villanueva, en que, rústico todavía aquel espacio, se le dio empleo como Plaza de la Carnicería, por ser uno de los puntos –el principal, tal vez- de expendio de carnes de res, de cerdo y de otros tipos, para la entonces población santiaguera.
Fueron unos 130 años de caracterizada actividad comercial, de carne y de sangre, que quizás otro gobernador, Juan Barón de Chávez, creyó ver similitud en el nuevo empleo que él dio a aquel señalado sitio en 1700, al que rebautizó entonces como “Plaza de la Picota”, destinado para escarmentar a los negros esclavos de la ciudad, a los díscolos o rebeldes, que allí sufrían el suplicio del cepo, de los latigazos, o el horripilante castigo de las mutilaciones de manos y -¿quién sabe?- hasta de alguna que otra cabeza, a fin de castigar “sus faltas”.
Corrieron otros 161 almanaques, el país respiraba aires de ciertas reformas –Santiago de Cuba las sentía desde principios de la década de 1850, con el gobernador Carlos Vargas Machuca-; se vivía la euforia, en cuestión, del tercer año como capitán general y gobernador general de la Isla del Duque de la Torre, general Francisco Serrano, quien concurrió a Santo Domingo en ocasión de “reintegrarse” dicho territorio al reino español, por decisión del propio gobierno dominicano, lo cual desataría allí cruenta guerra liberadora.
El Ayuntamiento de Santiago de Cuba, sabedor de la presencia del gobernante colonial en la vecina isla, decidió enviar una comisión, presidida por Hilario Portuondo Bravo, marqués de las Delicias de Tempú, para invitar al general Serrano a visitar la capital del Oriente cubano a su regreso, lo cual verificó este, justamente en aquel año de 1861, y así, en señal de reconocimiento –para unos-; de bochornosa adulación, para otros, se le rindió el honor al gobernante colonial de bautizar la célebre plaza de la ciudad con el nuevo nombre de Parque Serrano, por el que aún lo llaman casi todos los santiagueros, no obstante haber sido oficialmente designado con uno más digno y a propósito, desde 1927 –en tiempo del alcalde Desiderio Arnaz-, como Parque Labra, pero cuyo monumento central, 
Monumento central, Parque Serrano.
erigido en 1950, hace justicia mayor: con una pareja de negros, que sale del pedestal, rompiendo las cadenas, con una criatura alzado sobre sus brazos –todo en señal de la libertad-, coronado con los perfiles, en alto relieve, de los tres que más lucharon por la abolición de la esclavitud en Cuba y España: Rafael María de Labra, Miguel Figueroa y Juan Gualberto Gómez; que más lucharon contra esa horrenda institución –precisemos- dentro de la legalidad española, porque los que más lo hicieron, absolutamente, fueron aquellos que enarbolaron la causa desde la manigua y la emigración, sin duda…
En 1958, y después del triunfo de la Revolución, el parquecito ha sido remozado y muchas veces engalanado por muy diferentes ocasiones, y hoy es sede del solaz de algunos viejecitos, que ven desde allí –en sus anécdotas y charlas- las películas de sus propias vidas; asiento de juegos de mesa (dominó, dama y ajedrez), así como también de no pocos vendedores de baratijas; recodo de no pocas citas amorosas, ambiente palpitante, reliquia valiosa de mi ciudad…
 

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